Pingüinos
EXTRACTO DE LA PUBLICACIÓN DEL 19 DE JUNIO DE 2010 Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable COORDINACIÓN DE PRENSA Y DIFUCIÓN INVESTIGACION DESDE PENINSULA VALDES HASTA SAN SALVADOR DE BAHIA
A lo largo de la costa atlántica, desde Península Valdés hasta San Salvador de Bahía, desde mediados de los 90 el número de pingüinos empetrolados creció en forma paralela a la exportación de crudo por parte de la Argentina.
No se trata de grandes derrames sino de contaminación crónica; un problema de consecuencias difíciles de medir en el resto de la fauna marina —menos resistente que estas aves—, que impone la modificación de las leyes actuales.
A esa conclusión llegaron el biólogo argentino Pablo García Borboroglu, del Centro Nacional Patagónico —dependiente del Conicet— y su colega Dee Boersma, de la Universidad de Washington. Los resultados de su investigación acaban de publicarse en Marine Pollution Bulletin.
La contaminación crónica es causada por el lavado de tanques de los buques petroleros en alta mar, y por las pérdidas de combustible desde las plataformas submarinas. Los pingüinos son particularmente vulnerables, pues nadan cerca de la superficie y, al no volar, son menos capaces de detectar las manchas que otras aves.
"En las aves, las plumas son el talón de Aquiles —observa García Borboroglu—. Cuando los pingüinos se empetrolan, las plumas se afectan, empiezan a mojarse, las aves pierden la flotabilidad y la aislación térmica. Mueren de hipotermia, o bien vuelven a la costa, donde no pueden alimentarse. O si no, tratan de sacarse el petróleo con el pico y se intoxican".
Una investigación anterior estimó que entre 1982 y 1991, en la costa de Chubut morían unos 40.000 pingüinos de Magallanes por año. En 1994, la ruta de los buques cisterna fue corrida 100 kilómetros mar adentro, y desde entonces en la costa casi no han aparecido aves muertas por contaminación. Pero el petróleo sigue siendo un asunto crítico, señala Boersma, porque los pingüinos pueden nadar unos 100 kilómetros por día y, en sus migraciones, decenas de miles de kilómetros sin tocar la costa.
¿Cómo mensurar el problema, entonces? Mucho antes de doctorarse en biología, García Borboroglu limpió pingüinos empetrolados en Punta Tombo (ver El desastre...). A los científicos se les ocurrió analizar la documentación de las 26 instituciones que registran y/o rehabilitan a aves marinas empetroladas a lo largo de 8.200 kilómetros de playa, desde Fortaleza (Brasil) hasta San Antonio Oeste (Argentina). Después la cotejaron con los datos acerca de explotación y comercio de crudo.
El grupo más antiguo, de Mar del Plata, comenzó a rescatar aves en 1980, lo que demuestra que el problema no es nuevo.
Más del 64% de las aves rehabilitadas entre 1995 y 2005 eran pingüinos de Magallanes, y su número era mayor en Argentina que en latitudes septentrionales.
Los biólogos observaron que "hubo un dramático incremento a mediados de los 90, coincidente con el crecimiento exponencial de exportaciones de petróleo en Argentina" .
Además, la gran proporción de adultos contaminados hallados en nuestro litoral atlántico —donde hay un millón de parejas reproductoras, en 63 colonias— hace pensar que su población podría estar declinando. Aún cantidades pequeñas de crudo pueden reducir el éxito reproductivo de los pingüinos.
"Es un animal aguantador: si está en buenas condiciones y se empetrola, puede nadar muy lejos, por lo que es un pobre indicador del lugar donde se contaminó —señala García Borboroglu —. Pero al mismo tiempo es la punta del iceberg, pues el petróleo causa un gran impacto en todo el ecosistema marino". Otras especies mueren en alta mar, sin que nadie lo advierta.
"No sabemos si falla la legislación, o su implementación. Es preciso revisarla y conversar con las autoridades", subraya. Una alternativa es crear corredores de protección o áreas protegidas marinas. Algunas pueden ser móviles y temporales, en función del ciclo vital del recurso a preservar. En esa línea se inscribe el "Proyecto Marino Patagónico", que inició en 2005 la Secretaría de Ambiente de la Nación junto con las provincias atlánticas.
Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable
(Spheniseus magellanicus). Los pingüinos de Magallanes, avistados por los primeros europeos en el viaje de Magallanes en 1520, fueron descriptos por el cronista Antonio Pigafetta como "Extraños gansos". Es una de las pocas aves que no vuelan: sus alas se han transformado en aletas natatorias.
Habita en gigantescas colonias, como la de Punta Tombo en Chubut, considerada la colonia continental más grande, con medio millón de ejemplares.
Es de mediana altura, 50 a 60 cm., con un peso de hasta 5 kilogramos. Está adornado con un pecho blanco y una franja blanca en torno a la cabeza, cuello y alas.
Años tras año, en agosto arriban los machos a la "pingüinera". Las hembras llegan en septiembre y comienza un período de peleas territoriales -algunas muy violentas-, cortejos con cuellos arqueados, breves pasos, uno alrededor del otro, golpeteos de picos con fines divesos, cópulas. En octubre, cavarán con sus patas los nidos, en lo posible debajo de arbustos. La pareja incubará dos huevos (el doble de grandes que los de gallina), durante 40 días.
En noviembre los polluelos ya nacidos obligan a sus padres a viajar al mar en busca de alimento (peces y calamares que regurgitan semidigeridos), y a extremar cuidados ante los predadores; gaviotas (cocineras y pardas), sobre todo.
Los pingüinos anidan muy próximos unos a otros, -lo que provoca tensión por falta de espacio-, pero se protegen mejor entre todos. En Enero los polluelos se animan a alejarse de los nidos.
De diciembre a abril mudan el plumaje: primero los ejemplares juveniles; luego los pichones, preparándose para ingresar al mar, y finalmente los reproductores.
El invierno los encuentra en aguas cálidas
Cabo vírgenes
Una excursión imperdible desde Río Gallegos. Cabo Vírgenes es hoy referente de los pingüinos de magallanes en la costa argentina. Pero además, tiene el atractivo de ser el punto continental más al sur de la Argentina y América. Por si fuera poco, allí, en el siglo XVI se creó la primera fundación de la Patagonia. Y en el siglo XIX fue centro neurálgico de la "fiebre del oro".
Una historia signada por la soledad
Cabo Vírgenes se llama hoy así en honor a la fecha en que Hernán de Magallanes pisó por primera vez estas tierras. Era el 21 de octubre de 1521 y se celebraba el día de las Once Mil Vírgenes. En ese lugar se erigió la primera fundación de la Patagonia: la Antigua Ciudad del Nombre de Jesús. Sin embargo, el destino de ella y de otras primeras fundaciones en el extremo sur argentino estuvo signado por calamidades y penurias; los alimentos eras escasísimos, el clima inhóspito y las provisiones y ayuda nunca llegaron. Y pronto no quedó nadie en Nombre de Jesús. Los pobladores murieron desnutridos y enfermos. Es así que acomienzos de 1590 un corsario, Andrew Merrick, rescata el último sobreviviente español de Rey Felipe. Embarcó en el "The Deligth", de Merrick, pero no llegó vivo a Inglaterra.
En 1857 la escuadra corsaria de Thomas Cavendish recala frente a Rey Felipe; el aspecto tenebroso de la colonia -casi una tumba colectiva- le inspira el nombre de Puerto del Hambre (Port Famine).
En 1876 se halló en este lugar oro mezclado con la arena. Pero recién en 1885 se despertó la fiebre aurífera, tras el naufragio de un navío francés en la zona. Como se acostumbraba, los restos del barco fueron saqueados, pero se halló más riqueza en las arenas que en la bodega del vapor, lo que encandiló a muchos hombres que acamparon allí. El mismo gobierno se interesó, destacando la expedición de Moyano a bordo del Villarino para la existencia del dorado metal. A partir de ese instante, Cabo Vírgenes surge en pocos meses como núcleo poblado, con negocios, ayudantía marítima, campamentos mineros, talleres, policía y costosas maquinarias destinadas a la extracción. Pero en un lapso corto, cuando las duras condiciones de la vida en el lugar y las enormes dificultades desalentaron a los mineros, el Cabo volvió a ser un confín barrido por los vientos patagónicos; un lugar de agobiante soledad en el que nada queda de tan fantástica quimera.
Hoy se observan a ambos lados del camino torres e instalaciones petroleras como la Planta de Tratamiento y el Campamento Cerro Redondo, ambos de YPF, apenas muestras visibles de la intensa explotación que se realiza en la zona. Al este de la línea fronteriza imaginaria que atraviesa la desembocadura del Estrecho de Magallanes, cruza sumergido un importante gasoducto que conecta Tierra del Fuego con Santa Cruz y el resto de la Argentina.
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